El argumento contra las mascotas

Ensayo original en inglés publicado en Aeon el 8 de septiembre de 2016

Un mundo moralmente justo no tendría mascotas, ni acuarios, ni zoológicos. Ni dehesas de ovejas, ni establos de vacas. Ésos son los auténticos derechos animales.

Nosotros vivimos con seis perros rescatados. Con la excepción de uno, que nació en una sociedad protectora para perras embarazadas, todos provinieron de situaciones muy tristes, incluyendo circunstancias de abuso severo. Estos perros son refugiados no-humanos con quienes compartimos nuestro hogar. Aunque los amamos mucho, creemos firmemente que en primer término no deberían haber existido.

Nos oponemos a la domesticación y a la posesión de mascotas porque violan los derechos fundamentales de los animales.

El término “derechos animales” ha perdido en gran medida su significado. Cualquiera que piense que deberíamos conceder a las gallinas enjauladas en batería un pequeño incremento de espacio en sus jaulas, o que los terneros deberían ser alojados en módulos sociales y no en aislamiento antes de ser sacados a rastras y sacrificados, está articulando lo que generalmente se considera una postura de “derechos animales”. Esto es atribuible en gran parte a Peter Singer, autor de Animal Liberation (1975), quien es ampliamente considerado como el “padre del movimiento por los derechos animales”.

El problema con esta atribución de paternidad es que Singer es un utilitarista que rechaza los derechos morales en su conjunto, y apoya cualquier medida que, piensa él, reducirá el sufrimiento. En otras palabras, el “padre del movimiento por los derechos animales” rechaza los derechos animales completamente y ha dado su bendición a los huevos sin jaulas, a los cerdos no criados en cubículos, y más o menos a todas las medidas de “explotación feliz” promovidas por casi todas las grandes organizaciones centradas en el bienestar animal. Singer no promueve los derechos animales; promueve el bienestar animal. Él no rechaza el uso de los animales por los humanos per se. Se enfoca solamente en su sufrimiento. En una entrevista con la revista The Vegan en 2006, dijo, por ejemplo, que él podía “imaginar un mundo en el cual las personas coman en su mayoría alimentos vegetales pero que ocasionalmente se den a sí mismas el lujo de comer huevos procedentes de crianza en libertad, o posiblemente incluso carne de animales que hayan vivido buenas vidas bajo condiciones naturales para su especie y que después sean sacrificados humanamente en la granja”.

Nosotros usamos el término “derechos animales” de un modo diferente, similar al modo en que se usa el término “derechos humanos” cuando los intereses fundamentales de nuestra propia especie están involucrados. Por ejemplo, si decimos que una humana tiene derecho a su vida, nos referimos a que su interés fundamental en continuar viviendo será protegido incluso si utilizarla contra su voluntad como donante de órganos resultara en salvar las vidas de otros 10 humanos. Un derecho es un modo de proteger un interés; protege intereses independientemente de las consecuencias. La protección no es absoluta; la puede perder bajo ciertas circunstancias. Pero la protección no puede ser derogada solamente por motivos basados en consecuencias.

Los animales no-humanos tienen un derecho moral a no ser usados exclusivamente como recursos humanos, independientemente de si el trato es “humano”, e incluso si los humanos disfrutarían de consecuencias deseables en caso de que trataran a los no-humanos exclusivamente como recursos reemplazables.

Cuando hablamos de derechos animales, estamos hablando principalmente sobre un derecho: el derecho a no ser una propiedad. La razón para ello es que si los animales importan moralmente—si los animales no son sólo cosas—, entonces no pueden ser una propiedad. Si son propiedad, solamente pueden ser cosas. Piensa sobre este asunto en el contexto humano. Todos estamos en general de acuerdo en que todos los humanos, independientemente de sus características particulares, tienen el derecho fundamental pre-legal de no ser tratados como propiedad en forma de esclavos. Todos rechazamos la esclavitud humana. Esto no quiere decir que no sigue existiendo. Existe. Pero nadie la defiende.

La razón por la cual rechazamos la esclavitud es que un humano que es una propiedad esclava ya no es tratado como una persona, con lo cual queremos decir que el esclavo ya no es un ser que importa moralmente. Un esclavo humano es una cosa que se sitúa completamente fuera de la comunidad moral. Todos los intereses que tiene el esclavo humano pueden ser valorados por alguien más—el propietario—el cual es posible que elija valorar al esclavo como un miembro de la familia o podría proporcionar al esclavo el mínimo sustento pero por lo demás tratarlo horriblemente. Es posible que los intereses fundamentales del esclavo sean valorados en cero.

Hubo muchas leyes que pretendieron regular la esclavitud humana basada en la raza en los Estados Unidos y en Gran Bretaña. Estas leyes no funcionaron porque las únicas veces en que las leyes regulatorias son relevantes es cuando hay un conflicto entre el esclavo y el propietario del esclavo. Y, si el propietario del esclavo no prevalece sustancialmente en todo momento, entonces ya no existe una institución de esclavitud. No puede haber un cuestionamiento significativo al ejercicio de los derechos de propiedad del propietario.

El mismo problema existe en lo que concierne a los no-humanos. Si los animales son propiedad, no pueden tener valor inherente o intrínseco. Tienen solamente valor extrínseco o externo. Son cosas que nosotros valoramos. Ellos no tienen derechos; nosotros tenemos derecho, como dueños de propiedad, a valorarlos a ellos. Y es posible que elijamos valorarlos en cero.

Hay muchas leyes que supuestamente regulan nuestro uso de animales no-humanos. De hecho, hay más leyes de ese tipo que de las que regularon la esclavitud humana. Y, como las leyes que regularon la esclavitud humana, no funcionan. Estas leyes son relevantes solamente cuando intereses humanos e intereses animales entran en conflicto. Pero los humanos tienen derechos, incluyendo el derecho a poseer y usar propiedad. Los animales son propiedad. Cuando la ley intenta equilibrar intereses humanos y no-humanos, el resultado está predeterminado.

Independientemente de qué tan “humanamente” tratemos a los animales, ellos son aún sometidos a un trato que, si hubiera humanos involucrados, sería tortura.

Además, puesto que los animales son propiedad esclava, el estándar del bienestar animal siempre será muy bajo. Cuesta dinero proteger los intereses de los animales, lo cual significa que esos intereses serán, en su mayor parte, protegidos únicamente en aquellas situaciones en las que haya un beneficio económico al hacerlo. Es difícil encontrar una medida bienestarista que no haga la explotación animal más eficiente. Las leyes que requieren el aturdimiento de animales grandes antes de su matanza reducen el deterioro de los cadáveres y las heridas de los trabajadores. El alojamiento de terneros en módulos sociales más pequeños en lugar de en cubículos solitarios reduce el estrés y la enfermedad resultante, lo cual reduce los costes veterinarios.

En la medida en que las iniciativas de bienestar animal incrementan los costes de producción, el incremento es normalmente muy pequeño (p. ej., pasando de la jaula en batería convencional a las “jaulas enriquecidas” en la Unión Europea) y raramente afecta a la demanda en general del producto, dada la elasticidad de la demanda. En cualquier caso, independientemente de qué tan “humanamente” sean tratados los animales destinados a uso alimentario, ellos son aún sometidos a un trato que, si hubiera humanos involucrados, sería tortura. No hay tal cosa como la explotación “feliz”.

Aunque el derecho a no ser una propiedad es un derecho negativo y no aborda ningún derecho positivo que los no-humanos pudieran tener, el reconocimiento de este único derecho negativo tendría el efecto de requerir de nosotros, como cuestión de obligación moral, rechazar toda la explotación institucionalizada, la cual necesariamente asume que los animales son sólo cosas que podemos usar y matar para nuestros propósitos.

Queremos tomar aquí un breve desvío y señalar que, aunque lo que estamos diciendo puede que suene radical, realmente no lo es. De hecho, nuestra sabiduría convencional acerca de los animales es tal que llegamos casi a la misma conclusión sin ninguna consideración de derechos en absoluto.

La sabiduría convencional acerca de los animales es que es moralmente aceptable para los humanos usarlos y matarlos, pero que no deberíamos imponer sufrimiento y muerte innecesarios en los animales. Independientemente de cómo podamos entender el concepto de necesidad en este contexto, no puede decirse que permita cualquier sufrimiento o muerte por propósitos frívolos. Reconocemos esto claramente en contextos particulares. Por ejemplo, mucha gente todavía tiene una fuerte reacción negativa hacia el jugador de fútbol americano Michael Vick, quien fue descubierto involucrado en una operación de peleas de perros en 2007. ¿Por qué estamos aún resentidos contra Vick casi una década después? La respuesta es clara: reconocemos que lo que Vick hizo estuvo mal porque su única justificación fue que obtuvo placer o diversión haciendo daño a aquellos perros, y el placer y la diversión no pueden bastar como justificaciones.

Mucha gente—quizá la mayoría—se opone a las corridas de toros, e incluso la mayoría de los conservadores [N. del T. del inglés: Tories] en el Reino Unido se opone a la caza del zorro. ¿Por qué? Porque esos deportes sangrientos, por definición, no implican ninguna necesidad o compulsión que justificara imponer sufrimiento y muerte en los animales no-humanos. Nadie propuso que Vick sería menos culpable si fuera un organizador de peleas de perros más “humano”. Nadie que se oponga a los deportes sangrientos propone que éstos sean llevados a cabo más humanamente porque implican sufrimiento innecesario. Se oponen a las actividades completamente, y abogan por su abolición, porque estas actividades son inmorales, independientemente de cómo sean llevadas a cabo.

El problema es que el 99,999 % de nuestros usos de animales no-humanos son moralmente indistinguibles de las actividades a las que la abrumadora mayoría de nosotros se opone.

El único uso de animales que realizamos y que no es claramente frívolo es el uso de animales en la investigación para encontrar curas a enfermedades graves.

Nuestro uso de animales numéricamente más significativo es el destinado a la alimentación. Matamos anualmente más de 60.000 millones de animales por comida, y esto no toma en cuenta el número incluso mayor—conservadoramente estimado alrededor de un billón—de animales marinos. No necesitamos comer animales para tener una salud óptima. De hecho, un número creciente de las principales autoridades sanitarias, incluyendo los National Institutes of Health en los EE.UU., la American Heart Association, el British National Health Service y la British Dietetic Association han declarado que una dieta vegana sensata puede ser tan nutritiva como una dieta que incluye alimentos de origen animal. Algunas autoridades han ido más lejos al decir que una dieta vegana puede ser más saludable que una dieta omnívora. En cualquier caso, no es posible alegar verosímilmente que necesitemos productos animales por razones de salud. Y la agricultura animal es un desastre ecológico.

Consumimos productos animales porque disfrutamos de su sabor. En otras palabras, no somos diferentes de Vick, con excepción de que la mayoría de nosotros paga a otros para que inflijan el daño en lugar de infligirlo nosotros mismos. Y nuestros usos de animales por entretenimiento o deporte son, por definición, también innecesarios. El único uso de animales que realizamos y que no es claramente frívolo es el uso de animales en la investigación para encontrar curas a enfermedades graves. Nosotros rechazamos la vivisección como moralmente injustificable incluso si implica necesidad (una afirmación que también creemos es problemática como cuestión empírica), pero la moralidad de la vivisección requiere de un análisis más matizado que el uso de animales por motivos de comida, ropa, entretenimiento y otros propósitos. Más o menos todos nuestros otros usos de animales pueden verse fácilmente como inmorales dada nuestra sabiduría convencional.

El punto esencial: si adoptas una postura a favor de los derechos de los animales y reconoces que los animales deben tener un derecho básico pre-legal de no ser una propiedad o te quedas con la sabiduría convencional, el resultado es el mismo: sustancialmente todos nuestros usos de animales deben ser abolidos.

Decir que un animal tiene el derecho de no ser usado como propiedad es simplemente decir que tenemos la obligación moral de no usar animales como cosas, incluso si nos beneficiara hacerlo. Con respecto a los animales domesticados, eso significa que dejamos de traerlos al mundo en su totalidad. Tenemos la obligación moral de cuidar a aquellos titulares de derechos que están aquí actualmente. Pero tenemos una obligación de no traer a ninguno más al mundo.

Y esto incluye perros, gatos y otros no-humanos que nos sirven de “compañía”.

Nosotros tratamos a nuestros seis perros como miembros valiosos de nuestra familia. La ley protegerá esta decisión porque nosotros podemos elegir el valorar a nuestra propiedad como nos apetezca. Podríamos, por el contrario, elegir usarlos como perros guardianes y hacer que vivan afuera sin virtualmente ningún contacto afectuoso por parte de nosotros. Podríamos ponerlos en un coche ahora mismo y llevarlos a un refugio donde serán sacrificados si no son adoptados, o podríamos hacer que los mate un veterinario. La ley protegerá esas decisiones también. Nosotros somos dueños de propiedades. Ellos son propiedades. Nosotros somos dueños de ellos.

La realidad es que en EE.UU., la mayor parte de los perros y gatos no acaba muriendo de edad avanzada en hogares amorosos. Tienen hogares por un periodo de tiempo relativamente corto antes de ser transferidos a otro dueño, llevados a un refugio, abandonados o sacrificados.

Y no importa si caracterizamos a un dueño como un “guardián”, como urgen algunos defensores. Tal caracterización es un sinsentido. Si tú tienes el derecho legal de llevar a tu perro a un refugio donde matan animales, o de matar “humanamente” a tu perro por ti mismo/a, no importa cómo te denomines a ti mismo/a o a tu perro. Tu perro es tu propiedad. Aquellos de nosotros que vivimos con animales de compañía somos dueños en lo que respecta a la ley, y tenemos el derecho legal de tratar a nuestros animales como creamos conveniente siempre y cuando los proveamos de un mínimo de comida, agua y techo. Sí, hay limitaciones en el ejercicio de nuestros derechos como propietarios. Pero esas limitaciones son consistentes con conceder un valor muy bajo a los intereses de nuestros animales de compañía.

Pero, mientras retrocedes de horror al pensar en cómo sería la vida sin tu amado perro, gato u otro compañero no-humano, a quien amas y aprecias como miembro de tu familia, estarás pensando probablemente: “Pero espera. ¿Y si les exigiéramos a todos que trataran a sus animales de la forma en que yo trato a los míos?

El problema con esta réplica es que, incluso si pudiéramos elaborar un plan factible y ejecutable que requiriera a los dueños de animales proveer un nivel superior de bienestar a sus animales, esos animales serían todavía propiedades. Tendríamos todavía la capacidad de valorar sus vidas en cero y, o matarlos, o llevarlos a un refugio donde serían sacrificados si no fueran adoptados.

Es posible que contestes que estás en desacuerdo con todo eso también, y que deberíamos prohibir a la gente matar animales excepto en situaciones en las cuales sea posible estar tentados a permitir un suicidio asistido (enfermedad terminal, dolor implacable, etc.), y que deberíamos prohibir que refugios maten animales excepto cuando es en beneficio del animal.

La domesticación misma plantea cuestiones morales serias independientemente de cómo los no-humanos involucrados son tratados.

Lo que estás sugiriendo empieza a acercarse a abolir el estatus de los animales como propiedad esclava y a requerir que los tratemos de un modo similar al modo en que tratamos a los niños humanos. ¿Sería aceptable entonces el continuar criando no-humanos para que fueran nuestras mascotas?

Nuestra respuesta sigue siendo un firme “no”.

Dejando a un lado que el desarrollo de los estándares generales de lo que constituye tratar a los no-humanos como “miembros de la familia” y la resolución de todos los puntos relacionados está cerca de ser imposible como cuestión práctica, esta postura olvida reconocer que la domesticación misma plantea cuestiones morales serias independientemente de cómo los no-humanos involucrados son tratados.

Los animales domesticados son completamente dependientes de los humanos, quienes controlan cada aspecto de sus vidas. A diferencia de los niños humanos, quienes un día se volverán autónomos, los no-humanos nunca lo serán. Ése es todo el fin de la domesticación—queremos que los animales domesticados dependan de nosotros. Ellos permanecen perpetuamente en un inframundo de vulnerabilidad, dependientes de nosotros para todo lo que sea de relevancia para ellos. Los hemos criado para ser dóciles y serviles, y para tener características que nos complazcan, incluso aunque muchas de esas características sean perjudiciales para los animales involucrados. Puede que los hagamos feliz en un sentido, pero la relación nunca podrá ser “natural” o “normal”. Ellos no pertenecen en nuestro mundo, independientemente de qué tan bien los tratemos. Esto es más o menos cierto con respecto a todos los no-humanos domesticados. Son permanentemente dependientes de nosotros. Controlamos sus vidas para siempre. Son verdaderamente “esclavos animales”. Puede que algunos de nosotros seamos amos benevolentes, pero realmente no podemos ser nada más que eso.

Hay algunos como Sue Donaldson y Will Kymlicka, quienes en su libro Zoopolis (2011) dicen que los humanos son dependientes unos de otros y preguntan qué hay de malo en que los animales dependan de nosotros. Puede que las relaciones humanas impliquen dependencia mutua o interdependencia, pero tal dependencia o bien opera sobre la base de la elección, o bien refleja decisiones sociales de cuidar a los miembros de la sociedad que son más vulnerables, quienes están ligados y protegidos por los aspectos complejos de un contrato social. Además, la naturaleza de la dependencia humana no despoja al dependiente de derechos centrales que pueden ser reivindicados si la dependencia se vuelve dañina.

Hay quienes responden a nuestra postura diciendo que perros, gatos y otros animales usados como “mascotas” tienen derecho a reproducirse. Tal postura nos comprometería a continuar reproduciéndolos sin límite e indefinidamente, pues no podríamos limitar ningún derecho reproductivo a los animales que tenemos como “mascotas”. En cuanto a quienes están preocupados de que el fin de la domesticación significaría una pérdida de la diversidad de especies, los animales domesticados son seres que nosotros hemos creado mediante la cría selectiva y el confinamiento.

Algunos críticos han afirmado que nuestra postura se preocupa solamente por el derecho negativo a no ser usado como una propiedad, y que no aborda los derechos positivos que los animales pudieran tener. Esta observación es correcta, pero toda domesticación llegaría a su fin si reconociéramos este único derecho—el derecho a no ser una propiedad. Estaríamos obligados a cuidar de aquellos animales domesticados que actualmente existen, pero no traeríamos más al mundo.

Si todos abrazáramos la condición de personas [N. del T. del inglés personhood] de los no-humanos, tendríamos aún que pensar acerca de los derechos de los animales no-domesticados que viven entre nosotros y en áreas no desarrolladas. Pero si nos importara lo suficiente como para no comer no-humanos domesticados, vestirnos con ellos o usarlos de cualquier otra manera, sin duda seríamos capaces de determinar cuáles deberían ser esos derechos positivos. Lo más importante es que reconozcamos el derecho negativo de los animales a no ser usados como propiedad. Eso nos comprometería a la abolición de toda explotación institucionalizada que resulta en la mercantilización y control sobre ellos por parte de los humanos.

Nosotros amamos a nuestros perros, pero reconocemos que, si el mundo fuera más justo y equitativo, no habría mascotas en absoluto, ni dehesas llenas de ovejas, ni establos llenos de cerdos, vacas y gallinas ponedoras. No habría acuarios, ni zoológicos.

Si los animales importan moralmente, debemos reconsiderar todos los aspectos de nuestra relación con ellos. La cuestión que debemos enfrentar no es si nuestra explotación de ellos es “humana”—con todo el jugueteo concomitante con las prácticas de las industrias que usan animales—, sino más bien si podemos justificar usarlos en absoluto.

COMPRENDER LA POSTURA BIENESTARISTA

Piensa en esto:

Joe el Abusón está golpeando a un niño pequeño con un palo de gran tamaño. A continuación coge un palo un poco más pequeño, que le hace un poco menos de daño al niño, y continúa pegándole.

¿Es mejor que esté utilizando el palo pequeño? Sí.

Siempre es mejor causar “menos mal” que “más mal”. Pero ambos, menos y más mal, siguen estando mal.

¿Debemos organizar campañas que demanden que los abusones como Joe utilicen palos más pequeños cuando quieran pegar a niños inocentes? Claro que no.

Sin embargo, esto es exactamente lo que están haciendo los grupos defensores de los animales con sus campañas de reforma del bienestar animal, que promueven huevos “sin jaulas”, carne de cerdo “en libertad”, etc.

¿Debemos felicitar a Joe porque está dando un pequeño paso hacia dejar de ser un abusón, por pegar al niño con el palo más pequeño? Claro que no.

Sin embargo, esto es exactamente lo que los grupos de bienestar animal están haciendo cuando animan a la gente a consumir huevos “sin jaula” o carne de cerdo “en libertad”, o cuando premian a los explotadores de animales.

¿Debemos argumentar que aquellos que critican lo que está haciendo Joe cuando pega al niño con el palo más pequeño no están mostrando “compasión” hacia Joe, que está dando un pequeño paso en la dirección correcta? Claro que no.

Sin embargo, esto es exactamente lo que están haciendo los defensores del bienestar animal: si decimos que aquellos que consumen productos de animales “felices” están llevando a cabo una acción moralmente incorrecta, no estamos mostrando “compasión.”

¿Deberíamos argumentar que aquellos que critican lo que está haciendo Joe cuando pega al niño con el palo más pequeño están “ensañándose” con Joe? Claro que no.

Sin embargo, esto es exactamente lo que dicen los que apoyan el bienestar animal. Si un abolicionista le dice a un bienestarista o a un grupo bienestarista que no es buena idea promover los huevos “sin jaula” o la carne de cerdo “en libertad” (o cualquier otro producto de animales “felices”) se le acusa de estar ensañándose con esa persona o grupo.

La elección entre el enfoque abolicionista y la postura bienestarista es clara. Sólo tienes que decidir en qué dirección apunta tu brújula moral.

*****

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

Y nunca jamás te creas la absurda idea de que debemos promover la “explotación feliz” de los animales para lograr que la gente se haga vegana. Al contrario: la industria de la “explotación feliz” tiene como objetivo conseguir que los consumidores acepten más fácilmente la explotación animal.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.
©2013 Gary L. Francione

Burlándose de Gandhi

En el siglo V, San Agustín acuñó la frase “Cum dilectione hominum et odio vitiorum,” que significa “amar al hombre y odiar el pecado”. Esta frase fue popularizada por Gandhi, que decía “Odia el pecado, pero ama al pecador.”

Es un buen consejo. No debemos juzgar a otra persona, porque no podemos conocer lo que ocurre en su fuero interno. Pero sí podemos juzgar una conducta como correcta o incorrecta. Y cuando una conducta implica causar el sufrimiento y muerte de otros seres, no sólo podemos juzgar la conducta, sino que debemos hacerlo. Esto es lo que significa tomarse la moralidad en serio.

Si aplicamos estas nociones al contexto animal podemos decir, por ejemplo, que no vamos a juzgar a aquellos que llevan a cabo actos de explotación animal, pero que vamos a dejar claro que la explotación animal es moralmente incorrecta.

Así veo yo la ética animal. No me interesa juzgar a los individuos, pero sí me interesa argumentar los motivos por los que la explotación animal es moralmente incorrecta, y que, si los animales importan moralmente, no podemos justificar comerlos, llevarlos en prendas de vestir, o utilizarlos. Me interesa dejar claro que, si los animales importan moralmente, el veganismo es la única respuesta moral racional.

Esto no les gusta nada a los bienestaristas.

Piensan que no sólo no debemos juzgar al individuo, sino que está mal decir que la conducta de la explotación animal es moralmente incorrecta. El bienestarista dice que no sólo no debemos juzgar a una persona que consume huevos “sin jaula”, sino que tampoco deberíamos rechazar los huevos “sin jaula”, porque implicaría no mostrar “compasión” hacia la persona que consume estos huevos “felices”.

Los bienestaristas dicen que no sólo no debemos juzgar al “vegetariano” que consume lácteos y huevos, sino que tampoco deberíamos decir que continuar consumiendo lácteos y huevos constituye explotación animal, porque no estaríamos mostrando compasión y empatía hacia los no veganos.

Siempre que aludo al veganismo como la única base moral de referencia inequívoca y que digo que rechazo todo tipo de “explotación feliz”, los bienestaristas empiezan a proclamar que criticar el no-veganismo y la “explotación feliz” implica actuar sin compasión y empatía hacia aquellos que llevan a cabo actos de explotación animal.

Si nos paramos a pensar en ello, es absurdo. Los bienestaristas roban el significado de los buenos consejos de Gandhi (y San Agustín): para ellos, consiste en “Amar el pecado y amar al pecador.” Los bienestaristas quieren que digamos que no se debe condenar la explotación animal porque podemos ofender a los que la llevan a cabo, y quitarles las ganas de dejar de hacerlo.

Esta visión no es más que un rechazo del valor moral de los animales. Y éste es el problema fundamental del bienestarismo. Rechaza la noción de la igualdad moral entre humanos y no humanos y refuerza el antropocentrismo que ha justificado la explotación animal durante miles de años. Es por este motivo por el que Peter Singer, el llamado “padre del movimiento por los derechos animales,” puede hablar, por un lado, sobre la igualdad entre todos los animales –humanos y no humanos–, mientras, por otro lado, describe el veganismo coherente como “fanatismo” y habla del “lujo” de comer productos animales “compasivos.”

Los bienestaristas se han apropiado de una hermosa palabra –“compasión”—y la han convertido en un símbolo de aprobación de conductas dañinas. Según ellos, no sólo no debemos juzgar al individuo, sino tampoco la conducta.

La mayoría de los desastres morales que han tenido lugar a lo largo de la historia se han debido a no juzgar, o a juzgar demasiado tarde, una conducta. Esta es la raíz del problema de la explotación animal y el motivo por el que la respuesta mayoritaria al problema es el absurdo e injusto movimiento de “explotación feliz.”

Nada de esto tiene que ver con la compasión. Tiene que ver con dar nuestra aprobación a una conducta dañina. Tiene que ver con declarar que la injusticia es aceptable en nombre de la compasión.

Es una forma de pensar profundamente retorcida.

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

Y nunca jamás te creas la absurda idea de que debemos promover la “explotación feliz” de los animales para lograr que la gente se haga vegana. Al contrario: la industria de la “explotación feliz” tiene como objetivo conseguir que los consumidores acepten más fácilmente la explotación animal.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.
©2013 Gary L. Francione

La justicia social, los derechos humanos y ser vegano

Los no veganos suelen mencionar las terribles situaciones que tienen lugar en el mundo, y preguntan a los veganos: ¿qué pasa con las importantes cuestiones relativas a la justicia social que afectan a los humanos?, ¿por qué no hacéis más por solucionar estas cuestiones?

Tengo cuatro respuestas:

En primer lugar, no existe conflicto alguno. El ser vegano/a no significa que debas dejar de trabajar por solucionar otras cuestiones relativas a la justicia social. El ser vegano sólo significa que, mientras llevas a cabo ese trabajo, no comerás, ni llevarás, ni usarás productos animales.

En segundo lugar, el 99% de la gente que hace estas preguntas no está haciendo nada por solucionar las otras cuestiones, aparte de preguntar a los veganos porqué no hacen nada en lugar de promover el veganismo.

En tercer lugar, el veganismo –al menos tal como lo interpreto yo—tiene que ver con la no-violencia, y la violencia constituye la raíz de todos los demás problemas de justifica social.

Finalmente, la ganadería animal causa enorme sufrimiento entre los humanos, y empeora la injusticia social.

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

©2013 Gary L. Francione

Una pregunta sencilla

Según el artículo, “La minoría manda: los científicos descubren el punto clave para la diseminación de las ideas:”

Los científicos de la Rensselaer Polytechnic Institute han descubierto que basta con que el 10% de la población comparta una creencia inquebrantable para que esta creencia acabe siendo adoptada por la mayoría de la sociedad. Los científicos, que pertenecen al Centro de investigación académica sobre redes sociales cognitivas (SCNARC, en inglés) en Rensselaer, utilizaron métodos informáticos y analíticos para descubrir el punto clave en el que una creencia minoritaria se convierte en la opinión mayoritaria. El descubrimiento afecta al estudio y la influencia de las interacciones sociales, como la diseminación de la innovación y el movimiento de ideas políticas.

“Cuando el numero de personas comprometidas con una opinión está por debajo de 10%, no existe progreso visible en la diseminación de las ideas. Conseguir que este grupo alcanzase la mayoría llevaría un periodo de tiempo comparable a la edad del universo,” explicó el director del SCNARC, Boleslaw Szymanski, profesor emérito de Rensselaer. “Una vez que el porcentaje es mayor que 10%, la idea se extiende como las llamas.”

De modo que ésta es mi pregunta:

¿Cómo es posible que todas las organizaciones en defensa de los animales no están intentando llegar a ese 10%, en lugar de promover la reforma de la legislación de bienestar animal, el consumo “compasivo” y la explotación “feliz”?

¿Por qué están HSUS, ASPCA, Farm Sanctuary, Mercy for Animals, Animal Legal Defense Fund, Compassion over Killing, Compassion in World Farming (CIWF), The Humane League y la World Society for the Protection of Animals llevando a cabo campañas para “mejorar” las jaulas en las que viven las gallinas de fábrica, especialmente cuando HSUS y CIWF han reconocido explícitamente que estas jaulas “mejoradas” no proporcionan un nivel aceptable de bienestar?

¿Por qué están PETA, HSUS, Farm Sanctuary, Mercy for Animals, Compassion Over Killing, Viva! y Vegan Outreach firmando una carta abierta en la que expresan su “aprecio y apoyo” hacia Whole Foods por lleva a cabo un programa “pionero” de explotación “feliz”?

Sí, sé que no conseguiremos “un mundo vegano de la noche a la mañana” (la frase favorita entre los bienestaristas para desvirtuar la posición abolicionista) pero lo cierto es que no es necesario que todo el mundo se haga vegano de la noche a la mañana. Solo necesitamos crear un sólido movimiento vegano del 10%. Pero seamos conservadores: intentemos llegar al 20%. Podemos conseguirlo.

Sin embargo, nunca lo conseguiremos si seguimos diciéndole a la gente que puede ayudar a los animales si consume productos animales “felices.”

Por supuesto, apelaremos a aquellos que son partidarios de seguir comiendo animales y quieren recibir el sello de aprobación de los defensores de los animales, previo pago, para poder seguir consumiendo productos animales con la conciencia limpia.

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

©2013 Gary L. Francione

¿Son más importantes los chimpancés, delfines y elefantes?

Algunos defensores de los animales tienden a asociar el estatus de persona no humana a animales como los chimpancés, delfines y elefantes, que muestran una capacidad cognitiva más sofisticada, es decir, semejante a la de los humanos. En mi opinión, podría decirse que ésta es una visión completamente arbitraria cuando queremos determinar a quién podemos tratar como un recurso reemplazable. La capacidad cognitiva puede ser relevante en algunos casos, pero no en éste.

Tomemos un ejemplo humano: Mary es una historiadora de gran talento; Joe sufre graves discapacidades mentales. ¿Es relevante la diferencia entre la capacidad cognitiva de cada uno? La respuesta es que sí, cuando queremos determinar a quién contratar como profesor de historia, pero no cuando queremos decidir a quién utilizar como donante forzoso de órganos o como sujeto forzoso en experimentos biomédicos. No deberíamos utilizar ni a Mary ni a Joe para estos fines.

El factor relevante a nivel moral es la sintiencia, la conciencia subjetiva. Y la mayoría de los animales a los que explotamos de forma rutinaria todos los días –las vacas, los cerdos, las gallinas y los peces son seres sintientes. Si estos animales tienen valor moral, no podemos justificar usarlos como recursos, y es imposible justificarlo excepto en casos de compulsión o necesidad. A cierto nivel, ya reconocemos este hecho. Por ejemplo, a la mayoría de nosotros nos molestó el caso de las peleas de Michael Vick porque creemos que está mal hacer sufrir a los animales innecesariamente, y lo que hizo Michael Vick sólo tenía el fin de proporcionar placer y entretenimiento. Lo que hizo no puede considerarse como “necesario” en ningún caso.

Pero la mayoría de nosotros consumimos animales y productos animales, lo que implica causar terribles sufrimientos y una muerte violenta, incluso en las circunstancias más “compasivas”. ¿Cómo podemos justificar causar todo este sufrimiento y muerte? No necesitamos comer productos animales para estar sanos. Y la ganadería animal es un desastre ecológico. El mejor argumento que se nos ocurre es que saben bien. Nada más. En cierto modo, y esto es muy importante,
todos somos Michael Vick.

En un ensayo que escribí en 2005 para The New Scientist, comenté que la idea de que algunos animales merecen ser considerados como personas no humanas porque son “especiales” y se parecen más a nosotros (como los chimpancés, los delfines, los elefantes, etc.) está muy extendida entre aquellos que defienden que sólo algunos animales, los “superiores”, importan a nivel moral, y que no pasa nada por seguir comiendo animales “inferiores. Esta forma de pensar sobre la ética animal se asemeja a decir que las personas que tienen un color de piel más claro importan más que los que tiene la piel más oscura. Se parecen más a nosotros, y en este caso, “nosotros” se refiere a la noción racista según la cual ser blanco es mejor.

Decir que los animales que importan más a nivel moral son los que se parecen a nosotros no sirve más que para reforzar el especismo, y no lo refuta en ningún sentido. A nivel moral, una gallina tiene tanto peso como un elefante.

Ha llegado el momento de replantearnos la ética animal de forma fundamental.

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

Y nunca jamás te creas la absurda idea de que debemos promover la “explotación feliz” de los animales para lograr que la gente se haga vegana. Al contrario: la industria de la “explotación feliz” tiene como objetivo conseguir que los consumidores acepten más fácilmente la explotación animal.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

©2013 Gary L. Francione

La abolición: Cómo garantizar que los medios y el fin sean coherentes

Si uno se declara “abolicionista” pero apoya la reforma de las leyes de bienestar animal como un medio para obtener la abolición, nos encontramos ante un uso del término “abolición” radicalmente opuesto a mi interpretación de este concepto. Para mí, la abolición es un término que identifica una postura en la que no hay lugar para la legislación de bienestar animal ni su reforma.

Piénsalo desde este punto de vista:

Dos individuos, A y B, se declaran defensores de la paz. A quiere lograr el objetivo de la paz mundial y apoya la resolución pacífica de conflictos como uno de los medios para llegar a ese fin.

B dice que él/ella también quiere lograr que haya paz en el mundo, y apoya la guerra como uno de los medios para llegar a ese fin. (De hecho, esta segunda postura refleja bastante bien la política exterior de Estados Unidos.)

Tanto A como B se describen como defensores de la paz, pero B aboga por un medio –la violencia—que es totalmente opuesto a su supuesto objetivo, la paz. Y argumenta que la ausencia de paz (la guerra) es un medio válido para conseguir la paz.

Los defensores de los animales que apoyan la reforma de la legislación de bienestar animal a menudo argumentan que su objetivo es la abolición; según ellos, quieren acabar con cualquier uso de los animales. Pero defienden un uso “feliz” como medio para llegar al objetivo del no-uso de los animales. Esta situación se asemeja al uso de la guerra como medio para obtener el fin de la violencia, es decir, la paz. Los bienestaristas que se declaran como abolicionistas argumentan que un uso “feliz”, “delicado” o “compasivo” es una forma moralmente aceptable de llegar al objetivo de no usar a los animales.

¿Ves el problema?

Para mí, el término “abolicionista” sólo se está usando correctamente cuando los medios son coherentes con el fin, y los medios que yo defiendo son el veganismo a nivel personal, y el apoyo creativo y pacífico del veganismo a nivel social. El fin es el no-uso, y los medios elegidos para obtener este fin deben ser el no-uso a nivel individual y la defensa del no-uso a nivel social.

La abolición, según mi interpretación del término, excluye la legislación sobre el bienestar animal. Según mi interpretación, la abolición descarta la postura de que un uso “feliz” es un medio aceptable para llegar al fin (el no-uso), al igual que defiendo que la guerra no es un medio moralmente aceptable de conseguir la paz.

Si no eres vegano/a, por favor, hazte vegano/a. El veganismo se basa en la no-violencia. En primer lugar, se basa en la no-violencia hacia otros seres sintientes. Pero también se basa en la no-violencia hacia la Tierra y uno mismo.

Y nunca jamás te creas la absurda idea de que debemos promover la “explotación feliz” de los animales para lograr que la gente se haga vegana. Al contrario: la industria de la “explotación feliz” tiene como objetivo conseguir que los consumidores acepten más fácilmente la explotación animal.

¡El mundo es vegano! Si tú quieres.

Gary L. Francione
Profesor, Rutgers University

©2013 Gary L. Francione